Elegir la Política
La política no siempre es ni mucho menos buena, pero su minimización o desprestigio resulta invariablemente un síntoma mucho peor.
Estoy seguro de que no hay comunidades libres sin ejercicio permanente, consecuente y públicamente asumido de la política. Más concretamente sin la defensa de ideas políticas argumentadas que cualquiera puede suscribir o rechazar. Una idea política es una forma de hacer, no una forma de ser. Los totalitarismos siempre dicen: “Nosotros no nos mezclamos con los políticos, no hacemos política; lo que nos define es que somos de tal pueblo o raza, que somos como se debe ser frente a quienes no son lo que deben, hagamos lo que hagamos.”Para quien es puro, todo lo que hace se le convierte en puro y aceptable.
Veamos que significa en términos generales elegir la política como motivación, frente al mero repliegue sobre los intereses particulares o la identificación con las etiquetas absolutorias del ser frente al compromiso activo del hacer.
La cosa más o menos puede argumentarse así: todos los seres humanos nacemos bajo una serie de determinaciones institucionales no elegidas que abarcan leyes, costumbres, interpretaciones históricas, mecanismos económicos, lecturas sociológicas o religiosas de la realidad, etc.
No sólo venimos al mundo involuntariamente sino también involuntariamente sometidos a un orden sociocultural que nos preexiste, fruto de azares, atavismos, conquistas, expolios y reformas acumuladas durante siglos.
Cuando cobramos conciencia de esta situación, podemos someternos a ellas con relativa pasividad, intentando acomodarnos lo mejor posible a las circunstancias y obtener el máximo provecho personal de lo establecido. Pero también podemos aspirar- intelectual y prácticamente- a reformarlo, de tal modo que construidos para que la mayoría de los afectados por ellos pudieran aceptarlos y no sólo padecerlos.
En ambos casos, se está interviniendo en la configuración política del mundo: en el primero al modo conservador, favoreciendo la consolidación de lo establecido; en el segundo de manera transformadora, reformista o incluso revolucionaria. O al menos democrática, si atendemos a la opinión que expresa el politólogo Pierre Manent: “la ambición de la democracia es hacernos pasar de una vida sufrida, recibida, heredada, a una vida querida. La democracia es voluntarización de todas las relaciones y todos los lazos”
“¡El mundo esta desquiciado¡¡Vaya faena, haber nacido yo para tener que arreglarlo¡”Esta queja de Hamlet podrían compartirla todos los interesados en hacer política en el sentido transformador del término. Pero no todos se quejan, porque algunos viven en su tarea como una vocación tónica y estimulante: como la palestra más adecuada para la puesta en práctica social de su libertad.
En cuanto a su ordenamiento invariable llamando “natural” el mundo también pudiera parecer desquiciado, pero nada somos capaces de hacer para remediarlo; un orden cósmico desquiciado y sin embargo irrevocable nos abruma sin alentarnos; señalamos los límites infranqueables de nuestra libertad, no su campo de operaciones.
Por el contrario el desquiciamiento político del mundo resulta agobiante pero posibilita la insurgencia. Cuando se trata del mundo social, de los distintos sistemas de instituciones y hábitos por medio de los cuales los humanos regulamos nuestra vida en común, nosotros podemos enmendarlos.
Según Giambatista Vico, sólo podemos conocer a fondo la verdad a aquello que sabemos como se ha fabricado.
En lo tocante a las realidades naturales, nuestra ciencia siempre es limitada porque no somos capaces de crear seres vivos, ni obtener materia de la nada; pero las leyes humanas, las instituciones de transmisión o adquisición del poder político, las pautas de comportamiento, el reparto de las tareas laborales y la administración de las riquezas, todo ello pueden ser plenamente comprendido por cabezas humanas como las que urdieron en su día la trama que ahora nos aprisiona.
Y aquello que plenamente podemos comprender, porque somos nosotros quienes lo hacemos “hecho”, también lo podemos transformar o reformar de acuerdo con proyectos compartidos.
Sin duda resultará imprudente o demagógico exagerar nuestras capacidades revolucionarias de lo socialmente establecido: no debemos olvidar que el tiempo de las sociedades es largo y el de las personas breve, que cada uno de nosotros está socialmente constituido por el mismo tejido que trata de reformar, que nunca habrá realmente tal cosa como un “hombre nuevo”, sino sólo novedades relevantes al alcance del hombre. Pero nada de esto impone la acomodación resignada a lo vigente ni mucho menos aceptar flagrantes desigualdades e injusticias como inevitables procesos de la naturaleza…social.
El reino de la naturaleza es lo inevitable, pero el da la sociedad es la búsqueda razonable de lo mejor, aun a riesgo de errores y retrocesos. Para ello haca falta sustituir las etiquetas y dogmas inamovibles que condicionan ideológicamente nuestro acatamiento de lo estatuido por ideas políticas para transformarlos y abrirlo a la complicidad consciente de quienes menos provecho sacaron hasta ahora de la vida en comunidad.
Se trata de aligerar en la medida de lo posible la carga determinada que cada cual soporta al nacer, en beneficio de una igualdad artificial- fruto del arte político- de derechos que permita a todos elegir y participar igualitariamente desde su pluralidad de opciones en el futuro que va construyéndose socialmente.
Es decir, con el quehacer político se disminuye a este desiderátum, cuyo ideal siempre se nos escapa y se modifica a medida que nos aproximamos a él.
Uno de los datos esenciales de nuestra finitud es que nunca partimos de cero: en nuestro acomodo social siempre contarán los elementos de pertenencia (los vínculos de afecto y cultura que nos vienen dados) junto a los de participación, ese limitado abanico de nuevas posibilidades optativas de asociación, pensamiento crítico, sentimiento y creación que se abren ante nosotros.
Intentar un modelo de sociedad que, sin aniquilar ni menospreciar las pertenencias de las que venimos, facilite al máximo y para la mayoría el juego participativo ha sido el mejor esfuerzo progresista de la política en la edad moderna.
Si hoy debiésemos condensar en una sola palabra el proyecto político más digno de ser atendido yo elegiría esta: Ciudadanía sea, la forma de integración social participativa basada en compartir los mismos derechos y no en pertenecer a determinados grupos vinculados por lazos de sangre, de tradición cultural, de estatus económicos o de jerarquía hereditaria. Desde luego en todas las democracias que conocemos, establecidas como estado de derecho, sigue contando mucho (demasiado a veces) el elemento nacional, étnico, la carga previamente adquirida de lengua, religión, mitos o costumbres secularmente compartidas. Pero actualmente tales elementos provienen por lo general de pertenecías múltiples entrecruzadas, porque estas sociedades son siempre mestizas y amalgaman bajo leyes comunes formas vernáculas de origen diverso. No se trata de una simple yuxtaposición de peculiaridades raciales o folclóricas, sino de una multiplicidad de rasgos identificativos que se intersectan o permutan dentro de un mismo marco institucional que garantiza su libre convivencia. En ello estriba la radical novedad de la sociedad de ciudadanos y su avance ético – político respecto a otras formulas convivenciales del pasado.
Como señala Michael Ignatieff: “no quiere esto decir que antes no existieran las sociedades multiétnicas o multiculturales, pero no eran democracias basadas en la igualdad de derechos, ni se sostenían en la premisa de un modelo cívico de inclusión, en la idea de que lo que mantiene unida a una sociedad no es la religión común, la raza, la étnia, la lengua o la cultura, sino un acuerdo normativo respecto al imperio del derecho y la creencia de que somos individuos iguales y portadores de los mismos derechos”
Pero volvamos de nuevo – para concluir – a la pregunta primordial: ¿ por qué optar por hacer política, por qué intervenir en los asuntos colectivos con voluntad de transformación social, en lugar de contentarnos con perseguir nuestros intereses privados, intentando maximizar las ventajas y disminuir los inconvenientes que para nuestra vida personal presenta el sistema establecido?
En primer lugar, elegir la política es aspirar a ser sujeto de las normas sociales por las que se rige nuestra comunidad, no siempre objeto de ellas. En una palabra, tomarse conscientemente en serio la dimensión colectiva de nuestra libertad individual. La sociedad no es el decorado irremediable de nuestra vida, como la naturaleza, sino un drama en el que podemos ser protagonistas y no sólo comparsas.
Mutilarnos de nuestra posible actividad política innovadora es renunciar a unas de las fuentes de sentido de la existencia humana. Vivir entre seres libres, no meramente resignados ni ciegamente desesperados es un enriquecimiento subjetivo y objetivo de nuestra condición.
Además, aumentar los beneficios que cada cual obtiene de las instituciones y leyes, mejorando por lo tanto su aquiescencia racional a ellas, es una garantía de seguridad colectiva. Cuando mayor es el equilibrio de una comunidad, su justicia, el reconocimiento que concede a las demandas razonables de sus miembros y a la diversidad de sus proyectos, más seguro resulta vivir en ellos.
Auque la vida en democracia sea siempre polémica, pueden evitarse los peores riesgos del antagonismo social, su dimensión mas destructora.
En el siglo XXI, el resto es lograr reforzar las pautas institucionales de la humanidad a escala planetaria. Si algo debe ser globalizado, es precisamente el reconocimiento efectivo de lo humano por lo humano.
Más de seis mil millones de personas, crecientemente intercomunicadas en intereses y amenazas no pueden seguir viviendo existencias tribales, ni creando de crear islotes e prosperidad amurallada en un océano de desdichas y abandono.
Elegir la política es el paso personal que cada cual puede dar, desde su aparente pequeñez que no renuncia a buscar compañeros y cómplices, para obtener de lo mejor de lo posible frente a las fatalidades supuestamente irremediables.
Extraído de Savater, Fernando “ El valor de elegir” cap.9: “Elegir la política” Ed. Ariel Bs. As. 2003
Texto seleccionado por Aux. Docente Juan Carlos Lorenzo
viernes, 10 de abril de 2009
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